Otras "ciudades" de Jordi Folck
Córdoba y Sevilla:
Tierras de conquista
Córdoba y Sevilla
Tierras de conquista
«En el nombre de Dios Todopoderoso, ovo un hombre de tierra de Génova, mercader de libros de estampas que trataba en esta tierra de Andalucía que llamaban Cristóbal Colón, hombre de muy alto ingenio sin saber muchas letras, muy diestro en el arte de la Cosmografía y en el repartir del mundo…»
Andrés Bernáldez, confesor del almirante
en Memorias del Reinado de los Reyes Católicos

Inicios de la Conquista
A la Córdoba del año de 1487 llega el marino Cristóbal Colón con su empresa de Indias, esto es buscar el Levante por Poniente, abrir una nueva ruta hacia Asia que según cálculos erróneos se encuentra sólo a 2400 millas “porque es evidente que el mar es navegable en muy pocos días si el viento es propicio…”. En Córdoba está la Corte, a menudo itinerante, de los Reyes Católicos, más metidos en la toma de Málaga y en la conquista de Granada que en los pretendidos descubrimientos de un desconocido. Durante siete años de pláticas el conquistador del nuevo continente, que él tomará por las Indias, Colón espera, vende estampas, enviuda, tiene hijos… En 1491 la Corte está en Sevilla y allá se va el almirante. De Sevilla pasará al monasterio de la Rábida (1491) y en Santa Fe, lugar de las célebres capitulaciones que le otorgan el título de Almirante, Visorrey, Gobernador de las tierras descubiertas y permiso para usar el Don. En Sevilla, un mercader florentino y futuro mercader de esclavos le presta dinero, junto a otros amigos, para una sociedad comercial para financiar la octava parte del coste de las expediciones, según los acuerdos de Santa Fe. Con una tripulación de rateros y homicidas, ladrones y gente de baja ralea el almirante se lanzará al océano para que, en sus cuatro célebres viajes, les entregue a los Reyes Católicos un nuevo mundo. El almirante morirá sin saber que aquello que descubrió no fueron las Indias sino un nuevo continente del que se dice que ya Americo Vespuccio había descubierto, poco antes,
Regresar a Córdoba y Sevilla obliga a reencontrarse con la historia y con los pasos que el navegante imprimió en ella. Allí nació su hijo, paje, viajero, cosmógrafo, matemático, historiador, biógrafo y abogado de la causa de su padre, autor de su más célebre biografía. Colón murió en la cárcel de Valladolid, pobre, arruinado a los 60 años en 1506. Descubrirle en el Alcázar de los Reyes Cristianos de Córdoba frente a Sus Majestades, allí donde Isabel y Fernando recibieron al mercader que buscaba fondos para su expedición, en una construcción sobria pero hermosa supone revivir su aventura. El Alcázar y sus jardines mudéjares, sus patios moriscos y el transcurrir del agua, mansa en los canales, en los estanques, junto a la rosaleda, alegre en las fuentes y surtidores y el silencio de una mañana de un caluroso e ingobernable mes de julio propician la contemplación, la lectura y la reflexión. ¿Valió la pena la conquista, la pillería y el robo, la eliminación de los indígenas, su rodilla hincada ante la cruz, el ocaso de las civilizaciones? ¿Qué palabras se perdieron por Córdoba y renacieron en Sevilla, que misivas se extraviaron por Andalucía, qué llamadas a media voz hicieron posible la devastación?

Soñar despierto, ¿tal vez?
Uno observa las estatuas de los conquistadores que jalonan los rincones andaluces y no puede dejar de admirar su temple, su valor, su hombría, su arrojo tan distinto de la petulancia, de la vanidad, del afeminamiento de nuestros políticos, rufianes y de baja ralea como los hombres que vomitaron las naves en el nuevo continente. Cierto misticismo envolvía al almirante, que se creía designado como “valedor” para descubrir unas tierras de las que se decía llevaba guardadas en sus “arcas”, nobleza que se observa también entre los capitanes intrépidos, entre quienes abrazaban el nombre de Dios y del Rey en sus conquistas y creían en un poder superior, más en la palabra que en la espada. Y mientras el viajero defiende sus argumentos contra la conquista, que el agua pronto arremolina y enturbia, no deja de admirar a otros conquistadores de mundos interiores cuando pasea a primera hora entre los arcos de la Mezquita, ese cofre del tesoro de dovelas rojiblancas habitado por sabios y poetas, por místicos, por escritores prendidos en su luz, por árabes, cristianos y judíos hermanados de solidaridad y tolerancia. Basta con cerrar los ojos en la calle frente a la Mezquita-Catedral (una en la otra, pastiche de niños) ese estuche de piedra vieja y puertas doradas para creerse de nuevo en ese Oriente al que Colombo nunca llegó. Medina Azahara, la judería, el palacio de Viana, la plaza del Cristo de los Faroles, los callejones, abandonados en verano, nos permiten “almirar” a la anciana capital del Califato como aventureros en la busqueda del oro. Cruzas el puente romano, nacido en el siglo I d.C. y no puedes sino detenerte ante ese altar donde refulge el cáliz de la mezquita, la puerta del puente y un rio oscuro de incrustaciones doradas. Y te decides a sorber de él sabiendo que el mercader de Génova hizo lo mismo cuando ya soñaba con cruzar los mares amenazados de ignorancia en forma de sargazos, monstruos marinos y negras tempestades. Capital cultural de Europa en tiempos de Abderramán III ( año 1000), la cuna de Averroes, de Séneca, de Julio Romero de Torres “que pintó a la mujer morena” cordobesa, grácil, fresca como rocío mañanero, Córduba parece el decorado de un auto sacramental, un corral para teatro con balcones de madera y flores encaladas en los muros para que las palabras que allí se arrojen asciendan perfumadas por los cielos.
Siguiendo la estela de Cristóbal Colón zarpamos hacia Sevilla y allí andamos tras su sombra en los Reales Alcázares ¡Oh Dioses! Si Granada nos embrujó (ver tgapuzzle número 24), si Córdoba nos encadiló, bañados en sudores poco corpóreos la Sevilla que duerme en los jardines del Real Alcázar nos enloquece hasta el punto de no saberse si despierto, si dormido.

Sevilla de Oro y Agua
Hasta allí llegó el almirante, devoto interesado de los Reyes en busca de los maravedíes para su empresa, cuando la Corte se instaló allí en su peregrinaje y lucha contra los moros. Eran los Alcázares la residencia de reyes desde el s. XII, un conjunto de palacios y jardines almohades (con el tiempo alcanzarían los 70.000 metros cuadrados), nacidos en tiempos del primer Califa andaluz Abd al-Rahman III, quien sobre un antiguo asentamiento romano y más tarde visigodo, extramuros de la ciudad, levantó un oasis de espejismos bárbaros y de arquitectura refinada, como merecerían las reales posaderas.
Sobre el viejo Dar-Al-Imara / (Casa del Gobernador) los almorávides del XII levantaron el palacio almohade cuyos escasos restos de arquitectura heredaron los tiempos nuevos. Al Salón de los Embajadores se unirían en el tiempo el palacio gótico de Alfonso X el Sabio en el año de 1245, con sus cuatro torres con escaleras de caracol, la Sala de la Justicia, el palacio mudéjar de Pedro I el Cruel, una casa-patio de la que pueden admirarse su Patio de las Doncellas y su Patio de las Muñecas de cabecitas incrustadas, quizás las voces de las consciencia, si la tuvo, del justiciero rey Pedro.

Poco después de la muerte de Colón se añadieron el Palacio Alto, las caballerizas, el patio de la Montería y el Corral de la Montería,el teatro que ardió a finales del XVII. Cuando los Borbones llegan al Real Alcázar se añade la Armería Real y en tiempos de Fernando VI la galería de Grutescos y los baños de Doña María de Padilla se enriquecen. El salón de los Tapices se añade a la llegada de Carlos III. Y así hasta Isabel II los Monarcas ennoblecen jardines y aposentos como si de un cuento oriental se tratara.
A principios del siglo XVI mientras el almirante fallecía en la cárcel (de su tercer viaje llegó encadenado por abuso de poder e irregularidades en su gobierno) los galeones españoles que venían del Nuevo Mundo cargados de oro atracaban en su puerto: la riqueza bañaba a la ciudad.
Algunos de los huesos del almirante se encontrarían más tarde en la Cartuja aunque permanecen extraviados por ambos mundos.
Luego llegaría el Barroco con Murillo y Zurbarán, Alonso Cano o Valdés Leal y embelleció la ciudad; la Exposición iberoamericana de 1929 y la expo del 92 fueron remodelando la ciudad, en lo bueno y en lo malo hasta convertirla en la Sevilla de ahora que se recorre a pie desde la Catedral (106 años fueron necesarios para ser construida), el Barrio de Santa Cruz, a los parques de María Luisa, por Triana, siguiendo el oro que aún desciende por el Guadalquivir, oro intocable que se desvanece como espejismo de Abd al-Rahman III cuando la codicia te empuja a arañarlo.

¿Qué misterios empujaron al almirante a querer cruzar los mares hacia un nuevo mundo que adivinaba de oro, pródigo en riquezas? ¿Fue el deseo de fama y grandeza, esa gangrena que todo lo corroe? ¿Fue el sueño de un visionario que quería revolucionar la historia y a fe que lo consiguió? Fuera lo que fuese lo que mueve a los grandes hombres en sus empresas lo cierto es que el nuevo mundo estaba ya en Sevilla, corroída de oro, pródiga en arquitecturas de ensueño, en finuras de orfebre. Hubiera bastado con que la visita de Colón fuera algo más larga que lo que la cortesía impone, que se extraviara por los jardines, que durmiera entre los linos acunado por las melodías del agua de reyes o acaso por el tañido del laúd, para que los sueños del marino y una travesía difícil e infortunada se desvanecieran. Hubiera sido suficiente que el embrujo de Córdoba y Sevilla le poseyera hasta la locura (y lo que no hiciera la locura lo haría la calor) para descubrir, así, que el mejor de los mundos yacía bajo sus pies.
