Otras "ciudades" de Jordi Folck
Córdoba y Sevilla:
Tierras de conquista
El Paraíso Terrenal
Cabo de Gata y Campos de Níjar
«Almería fue descuidada por reyes, ministros, reformadores, escritores… En el siglo XVIII era ya la cenicienta de nuestras provincias y cuando los escritores del Noventa y Ocho se echaron a andar por los caminos y tierras de la península, se detuvieron en sus límites y no juzgaron empresa digna de su talento el empeño de defender su causa».
Juan Goytisolo

¿Qué habrá por Almería? pregunta el neófito al ignorante que barrunta algo y le responde, decidido “nada” y así el turista de paellas de playa pasa de largo. Y lo ha hecho durante cientos de años ante la certeza de que allí debía encontrarse el fin del mundo.
“Almería fue descuidada por reyes, ministros, reformadores, escritores… En el siglo XVIII era ya la cenicienta de nuestras provincias y cuando los escritores del Noventa y Ocho se echaron a andar por los caminos y tierras de la península, se detuvieron en sus límites y no juzgaron empresa digna de su talento el empeño de defender su causa”. Lo escribe Juan Goytisolo que, a finales de los 50 visita huertos, cortijos, caminos de vacas para dar con pueblos desvencijados, con padres cuyos hijos emigraron a Barcelona, a Terrassa y a Sabadell y de los que ya nunca más supieron, con tierras de mucha hambre y poca esperanza de redención. Se lee en Campos de Níjar donde da cuerpo a la desolación de la España ya profunda, ya olvidada. Pero el gran Goytisolo, con los ojos arañados por el polvo, se olvida del paraje de nadie, el que empieza donde el mundo termina, aquel territorio azul que fue conquistado por corsarios, que fue cosecha de cuerpos lanzados por naufragios, aquellos que dieron nombre a la playa de los Muertos, “Los Escullos”, “Las Negras” o “Los Genoveses” de una escuadra que desembarcó en el año 1147 en su lucha contra piratas.
César Góngora –nombre de emperador y apellido de poeta–, un almeriense firme, espléndido como la copa de un pino que recorrió el camino contrario al abandonar el bullicioso barrio de Gràcia en Barcelona para regresar a sus raíces me pide silencio. “Mira, Jordi, –me dice cuando está a punto de abrir la caja de los tesoros– te voy a mostrar lo mejor del Cabo de Gata pero con la condición de que no se lo cuentes a nadie. Aquí estamos solos y queremos seguir solos. Así que, por una vez, dejas los pies de las fotos sin texto no sea que luego nos invada una cohorte de autobuses y nos endilguen domingueros de a todo a cien, ese chapapote que todo lo mata”.
Y yo acepto porque la belleza nunca tuvo nombre propio guardándome topónimos y reseñas, pasos y caminos que conducen a las últimas playas vírgenes del Mediterráneo. Y escribo entonces lo que sigue para que, quien sepa hacerlo, lea entre líneas.

El parque de Gata-Níjar, con sus cincuenta kilómetros de los acantilados mejor conservados del país, es el resultado caprichoso de las fuerzas de la naturaleza sobre un terreno que yacía bajo el mar hace millones de años. De cuando emergió al mundo el cabo marítimo-terrestre, hace 16 millones de años, dejó un paisaje agreste, de roca volcánica de arena negra en playas, moles partidas en dos, arrecifes, desiertos habitados por pitas y chumberas, salinas, yacimientos de oro y plomo y un ecosistema donde conviven especies vegetales como dragoncillos y gordolobos, guayules, nopales y henequeles y, entre las animales, camachuelos trompeteros y alondras de Dupont y una duna móvil que se pasea, enseñoreándose de sus posesiones. El hombre de los últimos siglos añadió torres de vigía de defensa pirateril, fortificaciones (en “El playazo”), cortijos de paredes encaladas y pueblos marineros: “Las Negras, “Agua Amarga”, “Rodalquilar” y ya los últimos años trajo a hippies, a naturistas, a poetas tras las “Bodas de Sangre” de Lorcas que acaecieron aquí pero también turismo playero que se reparte entre la población de San José y Carboneras. Las playas de los Genoveses, el Cónsul, El Barronal, el arrecife de las sirenas, el mirador de las amatistas, la isleta del Moro y un faro dibujan ese trozo de mapa del tesoro que se ve sin ver cuando el viajero irrumpe en estas lares envuelto de una calima turbia que le hace regresar la mirada.

“Media hora de camino por curvas cerradas y el faro de la Testa del Cabo aparece de pronto, uno de los más hermosos faros del mundo, sin duda, Las montañas lo aíslan enteramente de tierra y, batido día y noche por el mar se yergue, solitario y agreste, atalayando la costa del moro, vigía fiel, hoy de tempestades y naufragios, ayer de desembarcos moriscos” escribe Goytisolo.
Para encontrar esas últimas playas vírgenes hay que saber andar, hay que atreverse a deambular entre los nudistas que, a salvo de miradas, recorren las playas cual robinsones atraídos por la fuerza telúrica de las rocas. Y uno se despoja de artificios y recorre, cauto, armado sólo con su cámara esas playas tan solitarias como estaban hace cientos de años cuando las focas monjes atrapaban a los navegantes que, confundiendo su grito por el de las sirenas, iban a dar con sus huesos en este relicario de dioses, cuna de vientos y aún hoy, cáliz precioso que debe ser protegido, amado, paraíso sin tiempo y sin nombre.
