Otras "ciudades" de Jordi Folck
Córdoba y Sevilla:
Tierras de conquista
El Paraíso Terrenal:
Cabo de Gata y Campos de Níjar
Cerdeña vista por D.H. Lawrence
Cerdeña
vista por D.H. Lawrence
«¿Adónde ir? España o Cerdeña. ¡Cerdeña! Que no se parece a ningún otro lugar. Cerdeña, que no tiene historia, no tiene fechas, no tiene raza… Se dice que ni los romanos ni los fenicios, ni los griegos ni los árabes sometieron nunca Cerdeña. Está fuera: fuera del circuito de la civilización.»
Cerdeña y el mar,
D.H. Lawrence, 1921

D.H.Lawrence, el afamado autor de novelas como Mujeres enamoradas, El amante de Lady Chatterley y una de las voces más contestatarias e ingobernables de la literatura del pasado siglo, viajó a lo largo de seis días por la isla de Cerdeña en enero del año 1921, sólo nueve años antes de su muerte por tuberculosis en Francia.
Ochenta y ocho años después, el escritor y fotógrafo Jordi Folck a caballo entre el año viejo y el año nuevo del 2009 repite ese viaje para descubrir qué es lo que queda de la mirada de Lawrence sobre una tierra de nadie ayudándose como un cayado de las palabras del inglés.
«Este domingo por la mañana, al ver la escarcha en la vegetación enmarañada y aún salvaje de Cerdeña, mi alma vuelve a apasionarse… La vida no sólo es un proceso de redescubrimiento que se remonta en el tiempo. También es esto otro y lo es de un modo intenso. Italia me ha devuelto no sé qué parte de mí, pero es mucho lo que me ha devuelto. Hay tierras desconocidas, tierras todavía por hacer en donde la sal no ha perdido su sabor»

El viajero que llega a Cerdeña usando sus alas lo hará en Cagliari, al sur, o al noroeste en la hermosa Alguer. Su nombre le viene de las algas que la envuelven como una bruma cuyos jirones se retuercen en la arena. La familia Doria de Génova convirtió en el siglo xii un pueblo de pescadores en una villa amurallada y regia fortaleza, cuyos muros se yerguen aún majestuosas rodeando la villa antigua... Pere IV el Cerimoniós repobló de catalanes la ciudad cuando ya estaba en manos de la Corona de Aragón (1.354). Cuatro siglos de dominio catalano-aragonés han hecho de Alghero el último reducto de un imperio y es habitual en tiendas y en calles escuchar “la parla catalana”. Un largo brazo de camino recorre, en el lungomare, la villa antigua jalonada de torres de defensa contra la piratería (y cárceles) como la Torre dell’Esperó Real, la Torre de San Giovanni, la Torre Della Polvoriera… Entre ese pequeño tablero de juego de ajedrez se levantan antiguas casas señoriales en estilo gótico-catalán, hogar de mercaderes y familias nobles, iglesias, la Catedral de Santa María, calles angostas, adoquinadas, un teatro neoclásico y las antiguas casas de pescadores de colores vivos, elevadas sobre la muralla, que, cegadas por el sol crepuscular parecen nacidas para un cuento de hadas de los hermanos Grimm: no resultaría extraño que ahí viviera el pescador que intermedió ante el Gran Pez Azul y príncipe encantado al que devolvió al mar para que su caprichosa mujer pasara de pobre a rica terrateniente, a reina, emperatriz, y a querer gobernar el Sol y la Luna hasta perderlo todo.
Y en las cercanas grutas de Neptuno intuir que anidan seres mágicos que trabajan en las minas que tanto abundan en el sur de la isla.
De l’Alguer, a una hora de viaje se encuentra la Praga italiana: Bossa, nacida junto al río Tema, el único navegable, con la silueta de su puente de piedra y el perfil del castillo Malaspina (s.XII). A un lado, Sa Plana: barrios dieciochescos, elegantes, paralela al río. Del otro, Sa Costa: un enjambre de callejas medievales escalonadas en las que perderse y por las que trepar, cruzando casas de paredes ocres, amarillos, color granate hasta llegar al castillo. D.H. Lawrence, en su periplo, se quedó con el noreste y nunca llegó a conocer ese enclave.

Hay que descender por el noroeste hacia el sur con destino a Cagliari, la capital, para reencontrarse con lo más antiguo: Tharros. En el camino no es extraño encontrarse con los Nuraghi, los restos de una civilización guerrera y rural que poblaron la isla en el 1.800 a.C… Sus viviendas resisten al paso del tiempo: son conos de piedra que recuerdan a las cavernas, con un gran espacio para la vida familiar o con uso compartido con animales pero dotados de escaleras que nos devuelven a la superficie del cono. Donde surgía el pueblo nurágico de Su Murru Mannu, nació en tiempo de los fenicios uno de los puertos más florecientes de Italia y del Mediterráneo: Tharros. Los romanos conquistaron la ciudad y el territorio en 238 a.C.: de la época romana son numerosos los testimonios, como las termas, el acueducto, las calles, las casas, los templos y las necrópolis. En época medieval, los habitantes abandonaron poco a poco Tharros, fácil presa de los bárbaros. Ahora queda solo un entramado de piedras, cimientos de las antiguas residencias y dos columnas de un templo: observadas desde lo alto, en el tramo de escaleras que conducen a la Torre Española el viajero observa cómo la fugacidad del tiempo hace mella en todo lo que la mano del hombre elevó y lo que ella sepultó.
«Ah calles estrechas, calles oscuras, calle húmedas que ascienden a la Catedral como grietas abiertas en tierra. La Catedral tiene que haber sido en otro tiempo una espléndida fortaleza pagana. No obstante resulta hogareña, con rincones y recovecos, con una misa mayor que ahora se celebra sin demasiada asistencia de público, pues casi se ha puesto el sol y es Epifanía. Se tiene la impresión de que pudiera uno acuclillarse en un rincón a jugar a las canicas y a comer pan con queso como si estuviera en su casa: es una sensación cómoda, de iglesia antigua.»
Se llega así hasta Cagliari, la capital de Cerdeña, de la que David Herbert Lawrence, poco propenso a las masificaciones, habría huido sin tardanza: no en vano es el lugar más visitado de la isla. Quizás el escritor inglés hubiera preferido las marismas con flamencos rosas (cerca de la playa del Poetto) que circundan esta ciudad monumental de la que destaca sobre una mole de piedra su Catedral. Ciudad fenicia del s. vi a.C. la antigua Karalis murió, en parte, bajo los bombardeos de la segunda guerra mundial renaciendo alrededor de su puerto mercantil. «Extraña, pétrea Cagliari. Subimos por una calle que era una escalera que más parecía un sacacorchos».
Por el Bastione de Saint Rémy en una hermosa escalinata se accede a Castello, el barrio con más solera por sus aires medievales: callejas estrechas, plazas, tiendas de anticuarios, museos, palacios y torres. Se respira un año señorial, elegante, que invita a deambular y a perderse. La Torre del Elefante (del siglo xiv), la de San Pancrazio que custodiaba la entrada norte o el Anfiteatro son visitas obligadas.
«Seguimos viaje con el oro de la tarde y atravesamos un paisaje anchuroso, casi céltico…»
Una autopista nos devuelve al norte de la isla, dejando Iglesias a nuestra izquierda donde todas sus minas permanecen cerradas por la festividad del año nuevo. Camino de Sassari el viajero se detiene junto a la Santíssima Trinitá di Saccargia, rodeada de iglesias románicas que despertaron la rivalidad entre pisanos y genoveses por poseer la más hermosa en el año 1000 de nuestra era. La Santíssima Trinitá (1116) debió resultar vencedora porque la combinación de piedra blanca y negra de los maestros toscanos la ha inscrito en la historia del arte. Su campanario de 41 metros de alto y su pórtico, en cuyas columnas aparecen vacas en reposo (vacca arza de pelaje manchado), la distinguen desde lejos.

En el extremo norte de la isla el archipiélago de la Maddalena, al que se accede en barco, está poblado de chiringuitos y lugares para el turista inglés. Extraigo algún lienzo de sus barcos frente a la Casa del Mar y a la iglesia antigua. Recorremos parte de una isla volcánica aún vacía de voceros y de “los parásitos de los turistas” como les llama el inglés que, en breve, sólo buscarán el mar. Por una carretera estrecha nos perdemos en la isla Caprera de donde nació el héroe Garibaldi, unificador de Italia. Las imágenes allí parecen pintadas por paisajistas ingleses en celo. Y desde allí el viajero solitario regresa a la isla para acceder a la Costa Esmeralda, antaño poblado por campesinos y labriegos ahora navegada por yates y lujosas embarcaciones, cubierta por palazzos, residencias de la clase política de Italia, de artistas y famosos donde el oro parece nacer bajo los adoquines y aunque el azul es cinematográfico y parece cosa de cinemascope uno se aleja de ese ensueño fílmico, de ese oropel para encerrarnos en Castelsardo, el paisaje romántico ideal para un cuento de enamorados: elevada en un cerro esta población marinera parece un milagro; sus casas aposentadas en la falda de la roca parecen equilibristas a punto de despeñarse mientras el castillo, sombrero de tan curiosos personajes parece observar con cierto desdén tal proeza.
«Emprendemos así pues nuestro último trayecto rodando por la Cerdeña. La mañana era de una belleza campanuda, azul, deliciosa. Abajo, a la derecha, se extendía la concavidad del valle, el tapiz de los cultivos. Arriba, a la luz de la mañana, ascendían los montes altos, inhumanos, con páramos y laderas sin árboles de ninguna especie»
Desde esa población hasta L’Alguer quedan apenas dos horas de viaje. Atrás quedan ciudades, encuentros, apetitos que uno guarda para sí.
El espacio acotado para este reportaje termina después de arañar algunos centímetros a las fotografías. Y releo Cerdeña y el Mar de D.H.Lawrence cuando dice: «En Cerdeña se tiene esa clara sensación de espacio que en Italia siempre se echa de menos. Hay un espacio amable en derredor y hay distancia en los viajes: nada está acabado, nada es definitivo».
Y uno suspira al leerle: «Espacio que me den espacio, espacio para mi espíritu» clama el escritor frente al paisaje insular y clama otro escritor frente al papel en blanco ya desbordado de palabras.

