Woody Allen:
los sueños de un seductor

Woody Allen es el cineasta del gag, el ingenio y la mirada ácida sobre las miserias del urbanita medio occidental, al que psicoanaliza en sus relaciones de pareja. Artista forjado como showman en los campus universitarios y clubs del Greenwich Village neoyorkino, su incursión en el mundo del cine fue cómo intérprete cómico, primero en “What’s new Pussycat?” (Clive Donner, 1965) o “Casino Royal” (John Huston, 1967) y más tarde en la imprescindible “Sueños de un seductor” (”Play it again Sam”, Herbert Ross, 1972). Poco antes había debutado como director en la impagable y cómica “Toma el dinero y corre” (”Take the money and run”, 1969). En ella, Allen forjaba su personaje alter ego, lleno de ticks y fobias. Judío, asiduo al psicoanalista, hipocondriaco, urbanita, culto, buen conversador y empeñado en seducir a todas las mujeres que le rodean.

“Sueños de un seductor” adaptaba un libreto del propio Allen, llevado a los teatros de Broadway, con una historia tan destornillante como real. Woody es abandonado por su mujer, que lo planta para irse con un forzudo motorista, harta de su jerga intelectual y sus sesiones de filmoteca. Frustrado, trata de ser duro como su héroe Humphrey Bogart pero fracasa estrepitosamente al no reunir las condiciones necesarias. Sólo cuando se acepta a si mismo, logra dar con su media naranja.

 

Desde ese momento, Allen encontró, en la condición humana y en las relaciones de pareja, el filón argumental que iba a ocupar su carrera cinematográfica.

A partir de la admiración y respeto hacia Shakespeare y Bergman, a quienes se ha aproximado en varias de sus películas, Allen ha sabido construir un universo tan personal como universal, en el que cualquier ciudadano medio, acosado por las alegrías y desventuras de las relaciones conyugales, ha podido identificarse. Allen ha contado su vida, primero con Diane Keaton, después con Mia Farrow (sus musas en la vida real y en la pantalla) y se ha erigido en protagonista absoluto de sus films hasta que la edad le ha hecho retirarse detrás de la cámara. Junto a él y sus mujeres, Allen ha narrado su idilio con Nueva York, en obras maestras como “Manhattan” (1979) o “Annie Hall” (1977), el film que lo consagró con cuatro Oscars (mejor película, director, guión y actriz principal) y que hoy en día sigue siendo el mejor exponente de su cine. En él compartía sus experiencias sentimentales con su pareja en la vida real, Diane Keaton, haciéndonos cómplices de sus vidas, en guión pleno de diálogos brillantes y situaciones por las que todos hemos podido pasar alguna vez. Ver un film de Woody Allen es como sentarse en el diván de Freud para proyectarnos sobre un espejo que sana mediante carcajadas terapeúticas. “Manhattan”, “La rosa púrpura del Cairo” (“The Purple Rose of Cairo”, 1985), “Hannah y sus hermanas” (“Hannah and her Sisters”, 1986), “Delitos y faltas” (“Crimes and Misdemeanors”, 1989) o “Maridos y mujeres” (“Husbands and Wives”, 1992) son todas ellas obras maestras en esta dirección. Pero la torrencialidad imaginativa de Allen no sólo le lleva a rodar una película al año, sino a presentar distintas caras.

A lo largo de su filmografía, Allen se ha aproximado a la trascendencia de Bergman en films como “Interiores” (“Interiors”, 1979), “Septiembre” (“September”, 1987), “Otra mujer” (“Another woman”, 1988), y ha realizado homenajes al cine expresionista alemán, “Sombras y niebla” (“Shadows and Fog”, 1992), al políciaco hitchcockiano, “Misterioso asesinato en Manhattan” (“Manhattan Murder Mistery”, 1993), al biopic, “Acordes y desacuerdos” (“Sweet and Lowdown”, 1999), o al falso documental, “Zelig” (1983), una de sus películas menos conocidas y más magistrales. Dotado de un talento prodigioso para las ideas, Allen ha sido capaz de filosofar y reirse del mundo de la moda en “Celebrity” (1998), de la indústria del cine en “Un final made in Hollywood” (“Hollywood Ending”, 2002), film en el que un director rueda pese a no ver nada, o del mundo del teatro y el mito del talento creador en “Balas sobre Broadway” (“Bullets over Broadway”, 1994), con una historia en la que un gangster idea el argumento de la obra a representar, frente a la incompetencia del dramaturgo y director escénico.

Woody Allen es capaz de esto y mucho más porque lleva años entrenando ese músculo prodigioso de la creatividad. En sus primeros años, ejerció de inventor de gags para la radio y televisión llegando a producir más de veinte al día. Su disciplina le lleva a escribir prácticamente todos los días, y entre su producción se pueden contar artículos, ensayos, obras de teatro, guiones, etc. Su obra es el legado de una tradición de humor judío que parte de Lubitsch y sigue con Wilder, sin olvidar la importancia de Groucho Marx. En los últimos tiempos, Allen ha abandonado su cine más habitual, para convertirse en visitante turista del contienente europeo que tanto ha venerado sus obras. Primero fue Inglaterra, con un film más que respetable, “Match Point” (2005) y otros más rutinarios, “Scoop” (2006) y ahora Barcelona, en “Vicky, Cristina, Barcelona”, película que puede defraudar a la mayoría de adictos al cine Allen pero que cumple las expectativas de promoción de una ciudad. Tal vez sea una lástima que Woody Allen invierta su creatividad en visiones superficiales, tópicas y turísticas de ciudades pero como tantos otros directores recibe encargos.

En este film el enredo amoroso adolece de originalidad e incluso de las habitaules dosis de humor, salvo en el desenlace. Javier Bardem es el macho Don Juan, Scarlett Johanson naufraga como turista sin rumbo y Penélope Cruz salva la función en su rol de mujer latina con carácter. El guión resulta pobre para lo que Allen nos tiene acostumbrados pero como postal de una ciudad que se asemeja más a algún lugar de la Provenza o la Toscana, el film funciona perfectamente. Con él, Allen ha vuelto al top ten de máxima recaudación en EEUU, país que le retiró la financiación para sus películas hace ya unos años.

El cine de Woody Allen refleja su propia vida y al igual que “Maridos y mujeres” plasmaba el abandono de Mia Farrow en detrimento de su hija adoptiva mediante el romance en la ficción con una alumna treinta años menos que él, en este momento parece que el cineasta judío nos muestra su faceta de turista por el continente europeo. Así que de algún modo, Allen no traiciona sus principios de hacer de su vida un argumento y del cine una forma de vida. Lo importante es que este cineasta puede seguir seduciendo a las audiencias con ese cine brillante e inteligente que a tantos nos ha enamorado.