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Quentin Tarantino:
el eterno Peter Pan

Tarantino es el niño que nunca quiso crecer, el cineasta gamberro y compulsivo para el que la vida es ante todo diversión. Nacido en 1963 en Knoxville, Tennesse, este polifacético cineasta que además de dirigir ha ejercido de guionista, productor, actor e incluso de director de fotografía, es la esencia de la América más pop y desenfadada. El cine en manos de Tarantino es un juguete que pasa por el “turmix” toda película que le haya divertido. En “Pulp Fiction” (1994) su obra cumbre, que ganó la Palma de Oro en el Festival de Cannes y el Oscar como mejor guionista, era un homenaje al cine de gangsters y esos macarras que aparecen en las películas de Martin Scorsese y Brian De Palma (dos de sus referentes), así como un sentido homenaje al cine de los años setenta, con el revival de la figura de John Travolta, casi olvidado desde “Fiebre del sábado noche” (“Saturday Night Ferver”, John Badham, 1977) y “Grease” (Randal Kleiser, 1978).
“Reservoir Dogs” (1992) la película que le dio a conocer ganando el festival de cine independiente de Sundance, era una revisión muy personal de “Atraco Perfecto” (”The Killing”, Stanley Kubrick, 1956). Ambas presentaban una forma de cine transgresor que violaba la estructura narrativa lineal con saltos temporales en todas direcciones, que inauguraba la posmoderna fragmentación que caracteriza al cine de nuestros días. Así mismo, diálogos como los que aparecen al inicio de estos dos películas sobre por qué Madonna titula un disco “Like a Virgin” o como llaman a un Big Mac en París rompían los esquemas del espectador, en un cine de personajes sin rumbo pero poderosamente fascinantes. Hoy en día, después de repetir la fórmula en la excelente “Kill Bill” I y II (2003, 2004), reinterpretando el cine de artes marciales y recuperando al gran David Carradine, Tarantino es ya un clásico, un rebelde posmoderno que casi sin quererlo, ha transformado la faz del cine contemporáneo, dándole la frescura y libertad de la serie B o Z, denominación asignada a las películas hechas por la industria con muy poco dinero por considerarlas de baja calidad, como aquel spaguetti western de Sergio Leone, “El bueno, el feo y el malo” (“The Good, the Bad and the Ugly”, 1966) que sigue siendo la película favorita de Quentin.

Cineasta autodidacta, Tarantino como tantos otros, llegó a Los Angeles para probar fortuna y pasó años como dependiente de un videoclub, donde consumió todo ese cine de baja calidad que tanto le gustaba. El terror, la ciencia ficción, el cine de artes marciales o el primer cine con héroes negros (blaxplotaition) de los años setenta han sido sus fuentes para realizar films como “Jackie Brown” (1997) o la más reciente y excesiva “Death Proof” (2007), en la que en su afán retro, decidió rayar a propósito la película para envejecerla hasta el punto de que pareciera un subproducto barato de aquella década. Esta extravagancia le llevó a ser él mismo el director de fotografía del film, porque nadie se prestaba a rayar su propio trabajo. Pero Tarantino, como Godard, no tiene normas y, a diferencia de éste, tampoco tiene pretensiones intelectuales. Hace las que cosas porque le divierten, sin importarle reconocer que copia aquellas películas que le han gustado.
Su cine es fresco y alocado, en ocasiones desmadrado y casi siempre violento, porque al gamberro Tarantino le divierte cortar orejas, estrellar coches, ensangrentar a una novia y convertir una lucha de katanas y artes marciales en una de las carnicerías más salvajes que ha visto una pantalla de cine.

A muchos espectadores puede no gustarle y herir su sensibilidad, pero este gamberrismo conecta con la juventud y el lado más adolescente que habita en nosotros. Con Tarantino uno no puede ponerse trascendente y tomarse las cosas al pie de la letra. Es todo una parodia que raya lo absurdo pero de un modo brillante e inteligente, aunque en ocasiones traspase la raya de lo grotesco y el mal gusto. En su filmografía existen fracasos relativos como la reciente “Death Proof” o la más contenida “Jackie Brown”, película en la que sus seguidores no le perdonaron la falta de acción y gamberrismo de sus precedentes.
Como guionista, Tarantino ha escrito además de aquellos films que ha dirigido otros como “True Romance” (Tony Scott, 1993), “Asesinos natos” (“Natural Born Killers”, Oliver Stone, 1994) o “Abierto hasta el amanecer” (“From Dark Till Dawn”, 1996) de su gran amigo Robert Rodríguez. En ellos mantiene su habitual dosis de sangre y violencia, con personajes que son delincuentes o vampiros.
El sello Tarantino también posee una magnética relación entre la imagen fílmica y las músicas que la acompañan, casi siempre en forma de rock’n roll clásico, retro o pop. Este hecho explica que la banda sonora de “Pulp Fiction” haya sido una de las más vendidas de la historia. El gusto musical de Tarantino ha hecho muy rentable el ejercicio de reciclaje musical o la recuperación de viejos clásicos olvidados que aparecen en sus films. Este factor le llevó a crear su propia discográfica, A Band Apart Records, en 1997, junto a su socio Lawrence Bender. La mejor muestra de este binomio música cine es sin duda el baile de Uma Thurman y John Travolta en “Pulp Fiction”.

En lo visual, el pop y la América de los cincuenta con sus Chevrolets y Cadillacs son el referente constante, aunque también toma mucho del mundo del cómic. Como a Almodóvar le fascina el color, el collage y las heroinas femeninas de potente sexualidad. El estilo de Tarantino es tan reconocible que ha conseguido ser una marca como lo fuera Warhol en el arte pop, extendiendo su persona a la producción cinematográfica, musical o televisiva.
Para algunos Tarantino puede resultar un fraude, un impostor, un imitador fruto de estos tiempos algo huecos de contenidos que lo copian todo, pero sus seguidores que son legión, le adoran. Quentin Tarantino es de esos cineastas que no deja indiferente y que tiene el don de reciclar con gracia y resultar divertido.
Su próxima película, “Inglorious Bastards”, transcurre en la Francia ocupada por los nazis y la protagoniza un grupo de soldados judio-americanos cuya misión es sembrar el terror en el Tercer Reich con brutales asesinatos. Una vez más, el film promete persecuciones, violencia y tiros a raudales. Como los buenos maestros de la serie B, Tarantino ha sido capaz de rodar la película en apenas un mes y tenerlo listo en un tiempo record para el estreno en el festival de Cannes. Seguro que lo suyo no es una reflexión sobre la guerra sino una gamberrada más de las suyas. Así es el cine de este niño que nunca ha querido crecer.
