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Ridley Scott:
la elegancia del replicante

Ridley Scott es el primero de los cineastas modernos en aunar la elegancia visual de la publicidad con el cine. Formado en el Royal College of Arts de Londres, este brillante cineasta británico ha rodado hasta el día de hoy unos dos mil anuncios, entre ellos spots tan famosos como el de Apple de 1984. En sus primeros años, a mitad de los sesenta, trabajó como director artístico en series de la BBC como “Dr. Who”. Su debut cinematográfico llegó con “Los duelistas” (”The duellists”, 1977) una adaptación de un relato de Joseph Conrad que por su planteamiento visual recordada a la magistral “Barry Lyndon” (Stanley Kubrick, 1975). Sin duda, sus siguientes dos películas “Alien” (1979) y “Blade Runner” (1982), lo situaron en lo más alto del olimpo cinematográfico. Ambas suponen clásicos venerados del cine de ciencia ficción. En la primera, rodada con un modesto presupuesto de un modo tan eficaz como claustrofóbico, la nave Nostromo se convertía en un laberinto orgánico donde se ocultaba un octavo pasajero alienígena. Frente a él, la teniente Ripley (S. Weaver) definía un singular personaje femenino como heroína que sobrevive al monstruo. Al igual que en la mayoría de films de Scott, lo que importaba no era tanto la historia sino la imagen y la cuidada ambientación. El sentido meticuloso y gusto por el detalle propios de la publicidad sirvieron para que Ridley Scott construyera tanto en “Alien” como en “Blade Runner” universos futuros maravillosos. El primero íntimo y claustrofóbico, apoyándose en los diseños de Giger y Moebius, dos maestros del mundo del cómic, sin olvidar la importancia de las sonoridades compuestas por Jerry Goldsmith.
En “Blade Runner” creó una ciudad entera, Los Angeles en el año 2019, reinterpretando “Metrópolis” (Fritz Lang, 1927) e inspirándose en el modelo de ciudades asiáticas superpobladas como Shangai, Osaka o Bangkok. El film muestra calles bulliciosas, siempre en la oscuridad de la noche, bañadas por neones y los reflejos de la lluvia, mientras el tráfico sobrevuela las cabezas de unos habitantes desbordados por un mundo tecnólogico que promete paraísos perdidos en el espacio. Desde entonces, toda ciudad futurista en el cine es así, como reflejan “El Quinto elemento” (Luc Besson, 1997) o “Matrix” (Wachowski, 1999). Ridley Scott creó escuela con “Blade Runner”, al tiempo que componía una de las más bellas tragedias sobre el mito de la creación. En ella, a partir de un relato de Philip K. Dick, unos replicantes liderados por la fascinante figura de Roy (Rutger Hauer) reivindicaban, como el monstruo de Frankenstein, su derecho a los sentimientos humanos y su deseo de vivir más. El desenlace del film presenta uno de los monólogos más memorables del cine reciente. Roy, quien acaba de perdonar la vida a Deckard (Harrison Ford en un rol de detective antihéroe), espera a la muerte expresando cómo todos esos recuerdos de lo que fue su corta vida se perderán como gotas de agua en la lluvia.

Sin duda, la memoria de “Alien” y de “Blade Runner” ha marcado a diversas generaciones de espectadores entre las que me incluyo y posiblemente, ha pesado como una losa sobre la trayectoria de Ridley Scott, al poner el listón muy alto. Pese a éxitos como “Thelma & Louise” (1991) o “Gladiator” (2000), su filmografía ha vivido serios fracasos como “1492” (1992) o “El reino de los cielos” (”Kingdom of Heaven”, 2005). Después de sus tres primeras películas, se pensó que Ridley Scott podía ser el digno sucesor de Kubrick, pero no fue así. El cineasta británico se decantó por un cine de industria y entretenimiento que no exploró caminos, más allá de sus planteamientos iniciales. Su carrera se estancó en un manierismo, rentable en la taquilla pero de dudosa calidad con títulos como “La sombra del testigo” (“Someone to Watch Over Me”, 1987) o “Black Rain” (1989), antes del gran éxito cosechado con “Thelma & Louise”, una buena y reinvindicativa road movie en la que dos mujeres van en busca de libertad. De nuevo, Scott volvía a hacer gala de su talento visual publicitario, mostrando gasolineras, moteles y otros espacios icónicos de lo americano con su elegancia habitual, mientras en la dirección de actores se mostraba tan solvente como en films anteriores. Este director siempre se ha rodeado de buenos actores como sucedía en “Los duelistas” interpretada por Harvey Keytel y Keith Carradine y también ha sido el descubridor de talentos como Sigourney Weaver, Darryl Hannah, Brad Pitt, o incluso Harrison Ford, a quien Scott daría su primer gran papel protagonista en “Blade Runner”. Recientemente, su actor fetiche desde “Gladiator” ha sido Russell Crowe, que con su composición de un jefe de la CIA es de lo mejor de “Red de mentiras” (”Body of Lies”, 2008).

Después de algun fracaso como “La tormenta blanca” (“The Perfect Storm”, 1995) Ridley Scott volvió a triunfar con “Gladiator”, un film que ganó cinco Oscars y que recuperó el olvidado cine histórico de romanos.
Desde entonces, la carrera de Ridley Scott ha seguido un camino inestable combinando éxitos como la militarista “Black Hawk derribado” (2001), por la que obtuvo su tercera nominación al Oscar, con algún film menor como “Los impostores” (”Matchstick Men”, 2003) , pese a lo cual este cineasta británico ha sido designado junto a Hitchcock, como el más rentable de la la historia de Hollywood.
Recientemente, “American Gangster” (2007) ha supuesto una nueva demostración del oficio y capacidad de este director para combinar buenas interpretaciones, con estilizadas imágenes y excelentes ambientaciones. En ella Denzell Washington compone la figura de un mafioso del Bronx que trafica con droga procedente de Vietnam, a principios de los años setenta. Russell Crowe es el polícia enfrentado a la corrupción instalada entre los suyos que no ceja en su empeño por detener al traficante.
“Red de mentiras” mantiene el pulso de esta última pero no resulta tan convincente en cuanto a su ambientación y desenlace final. La historia de las operaciones encubiertas de la CIA en Oriente Medio, ofrece una visión algo maniquea, con un Leonardo de Caprio que no encuentra su rol mientras Russell Crowe hace suya la película con un personaje extravagante.
Posiblemente, Ridley Scott es la clásica figura denostada por la crítica o el público más intelectualista, dado que su cine resulta absolutamente comercial y vinculado a la ideología dominante. Tampoco en lo formal ha variado nunca su estilo, pese a que cultivado casi todos los géneros. Es cierto que no ha vuelto a ser el de los primeros tiempos, pero aún y así, el cine de Ridley Scott es altamente gratificante por su elegancia visual y oficio. Estas virtudes le llevaron a ser nombrado caballero del imperio británico en el año 2003, aunque para muchos siempre será el octavo pasajero, la sombra del replicante o el padre de una de las películas que cambió nuestras vidas.
