Stanley Kubrick:
el genio

Kubrick es conocido por muchos críticos e historiadores del cine como “El Genio”, título que sólo puede discutirle su precedente norteamericano, Orson Welles. Pocos directores en la historia del cine han atesorado tanto dominio de la técnica como profundidad filosófica, construyendo una sólida filmografía en la que casi cada título se convertía en una obra de referencia. Kubrick reinventó todos los géneros por los que transitó, siempre movido por un afán de originalidad y experimentación que lo convirtieron en un obsesivo compulsivo, capaz de mandar repetir un plano hasta la toma ciento veinte (cuenta la leyenda que esto sucedió con Tom Cruise en “Eyes Wide Shut”, 1999) o de provocar un desprendimiento de retina al protagonista de “La naranja mecánica” después de obligarle a llevar hierros en las pestañas durante horas y horas. Su perfeccionismo le llevó a obtener las lentes ultrasensibles que la NASA había utilizado en el viaje a la Luna para poder rodar tan sólo con la luz de unas velas (”Barry Lyndon”, 1975) o controlar el doblaje de sus películas en países como el nuestro, para mantener el molesto timbre de voz agudo de la mujer de “El resplandor” (1980).



Entre los hitos de este director está el haber rodado la primera superproducción metafísica de la ciencia ficción (“2001”), el haber llevado el cine histórico hasta la categoría de obra pictórica (“Barry Lyndon”), o el haber firmado uno de los alegatos antimilitaritas más contundentes con “Senderos de gloria” (1957), film que tardó treinta años en poderse estrenar en nuestro país.

El cine de Kubrick no deja indiferente y busca la inteligencia del espectador que se ve forzado a pensar dada la ambivalencia de sus contenidos. Tal vez ésta sea una característica que no agrade al espectador contemporáneo, pero para muchos resulta fascinante. Siempre hay claves como el famoso monolito de “2001” o el antifaz de “Eyes Wide Shut”. Los mensajes nunca son fáciles de descifrar, pero cuando uno se sumerge en films como “La naranja mecánica” (1971) descubre un mundo de ideas, minuciosamente pensadas por el director para normalmente sacudir a la moral establecida y el orden establecido. A veces lo hace desde la contundencia trágica, pero también puede hacerlo desde la comedia más disparatada y negra como en “Dr. Strangelove” (1964) donde juega al humor con la bomba atómica en una memorable interpretación de Peter Sellers a cuatro bandas. De otra parte, el cine de Kubrick tiene una fascinación visual fuera de lo común, fruto de sus años de formación como fotógrafo de la revista “Look”. Como a Welles, a Kubrick le gusta componer imagen muy depuradas, nítidas y profundas, con una cámara casi siempre expresiva al servicio de lo que quiere contar, resultando tremendamente visual hasta el punto de casi no necesitar los diálogos. De ahí que muchos momentos de su cine se limiten a la pureza cinematográfica que reside en jugar con la imagen y su ordenación mediante el montaje. Esta fascinación se apoya así mismo en una perfecta sintonía con las modas estéticas de su tiempo, en especial el Pop Art, que aparece en “La naranja mecánica” o “2001”, pero también sabe jugar con la pintura romántica inglesa en “Barry Lyndon”, o la estética de colores desaturados para filmar la guerra en “La chaqueta metálica” (1987) y que años más tarde creará escuela en directores como Spielberg y su soldado Ryan. Por último, dentro de los elementos formales, Kubrick es un gran entendido de la música clásica que suele aparecer siempre de modo magistral, muchas veces sincronizada con los largos movimientos de cámara que tanto le gustan.

En conjunto, Stanley Kubrick ha sido un director que ha abierto muchos caminos gracias a su espíritu innovador y la libertad obtenida gracias al éxito de sus primeras producciones. Desde entonces pudo retirarse a Inglaterra y rodar con dinero de Hollywood la película que él quería hacer, algo que ni Hitchcock o Woody Allen han logrado.

Como suele suceder con tantos genios, Kubrick fue un tipo arisco, uraño, metido en su mundo y muy cerebral. Muchas veces se ha acusado a su cine de ser frío y posiblemente, sea cierto porque a este director no le interesa tanto la identificación con el espectador sino el mundo de las ideas y de la mente. De joven fue jugador profesional de ajedrez y más tarde diseccionó la sociedad contemporánea con su cámara, dejando numerosas claves, algunas de las cuales aún están por descubrir.

La cualidad fundamental de los genios es adelantarse a su tiempo y crear una obra perenne. Kubrick es de esos directores que sigue conectando con los más jóvenes por la transgresión de sus historias y su originalidad. En cuanto a los que le hemos seguido desde hace años, nos ofrece la oportunidad de reinterpretar la profundidad de sus películas, como sucede con las grandes obras de arte. Ese es posiblemente el secreto del genio.