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Clint Eastwood:
La pureza de un clásico

Hace ya muchos años, allá por los años sesenta, un tipo alto y desgarbado se convirtió en el último héroe del western, un género que llegaba a su ocaso con producciones de bajo coste rodadas en Almería por Sergio Leone, a las que llamamos spaguetti western. En ellas, el protagonista era un hombre sin nombre, apodado El Bueno, que vestía un raído ponche mejicano y mascaba tabaco. Era un tipo duro, seco. Parco en palabras. Su fama como pistolero le llevó a convertirse en el contundente inspector Harry Callahan, que lo encumbró en la industria de Hollywood. Eastwood, que en 1968 había fundado su propia productora, Malpaso, inició así una carrera como cineasta que alternaba el papel de estrella de la rentable saga de Harry con la dirección de películas como la excelente “Escalofrío en la noche” (1971) o “Infierno de cobardes” (1973). Pero en ese momento, a muy pocos le importaban sus pinitos como director, eclipsados por la alargada figura del fascista inspector Callahan, que ejercía el rol de justiciero de la noche como un macho que recurre a sus propios métodos frente a la inoperancia burocrática y legal del cuerpo de policía. Callahan impone su justicia con la fuerza de su Mágnum 44, saltándose cualquier tipo de norma. Por aquel entonces Clint se las daba de amigo de Ronald Reagan e intentaba emular su carrera política, llegando a ser alcalde de la localidad de Carmel, el lugar más selecto de la costa californiana. Sin embargo, el Eastwood director ya empezaba a dar muestras de un estilo propio, asentado sobre las lecciones de sus maestros Sergio Leone o Don Siegel, con films que rezumaban aires de clasicismo, un excelente sentido de la puesta en escena, un tempo pausado y una gran capacidad para la dirección de actores, como demuestra en “Bird” (1988), un homenaje a Charlie Parker, a quien tanto admiró en su adolescencia. Eastwood quiso ser músico de jazz antes que cineasta, oficio al que llegó casi por accidente cuando, cumpliendo el servicio militar, fue fichado para la serie de televisión “Rawvide”. Más tarde, el cine le ha permitido convertirse en compositor de las partituras de sus films, casi siempre inspiradas en sonoridades jazz de corte muy intimista e interpretadas al piano por el propio Eastwood.
Al frente de su productora, consiguió rodearse de un equipo de colaboradores fijos, entre los que destacan Lennie Niehaus –su maestro musical– y un elenco de actores que incluye nombres como Gene Hackman o Morgan Freeman. Sin duda, la consagración de Eastwood como director llegó con “Sin Perdón”, un western crepuscular que reinventaba el género, desmitificando al duro jinete pálido para presentarlo como un anciano abatido que se revuelca entre los cerdos. En este film, todos los roles estaban invertidos, siendo el sheriff el más villano y los delincuentes, como Bob el inglés (Richard Harris), los seres más entrañables. Formalmente, Eastwood consolidaba su rol de último clásico del cine con posiciones de cámara estáticas, encuadres muy trabajados y un sentido del montaje pausado al que el gran público ya no estaba acostumbrado. Eran muchos los que a la salida del cine decían: “Qué lenta…” “Buff no pasa nada en toda la película…” Desde entonces, parece que Clint Eastwood, como su personaje de William Many en el tiroteo final de “Sin Perdón”, ha desenfundado el cañón de su cámara lúcida para desmitificar todo lo que se pone a su paso, convirtiéndose en el mejor analista crítico de la sociedad americana. Ahí están obras maestras como “Mediodía en el jardín del bien y del mal” (1997), “Ejecución Inminente” (1999), “Mystic River” (2003) o “Million Dollar Baby” (2004), todas ellas dotadas de un espíritu progresista y crítico ante la sed de venganza fruto del 11S, la eutanasia o la pena de muerte.
Normalmente, Eastwood renuncia a participar como actor en los films que dirige, pero en algunas películas, como “Los puentes de Madison” (1995), se atreve a mostrar su vejez como recurso dramático en un cálido melodrama sobre el amor en la fase otoñal de la vida. De este modo, el uraño inspector Callahan ha conseguido transformarse en uno de los cineastas más sensibles de Hollywood, ofreciendo inmensas lecciones de humanidad con cada película que estrena.
En el díptico formado por “Banderas de nuestros padres” y “Cartas desde Iwo Jima”, Clint Eastwood se aproxima a la guerra para contar las mentiras de la historia o para humanizar al enemigo y examinar las consecuencias de una derrota. Si, en los años ochenta, había rodado “El sargento de hierro” (1986), film que el Pentágono quiso vetar por el realismo de un militar que insultaba y maltrataba a sus cadetes, pero que en conjunto podíamos ver como una apología del ejército, en “Cartas desde Iwo Jima” Eastwood llega a plantear temas tan controvertidos como la deserción, la insubordinación o el suicidio como situaciones propias de una contienda.

Clint Eastwood no ha dejado de ser parco en palabras pero con la cámara nos ha mostrado que es capaz de contar mucho con muy poco. Esa es la pureza de un clásico que no necesita del artificio de los efectos especiales, ni de las prisas del cine actual o la grandiosidad de una trama argumental para entretener, dado que su intención es realizar un cine con mensaje, comprometido con su tiempo, y que a su vez sea capaz de captar el interés del espectador. Eastwood lo logra mediante un lenguaje propio, desde esa madurez que recuerda a viejos maestros como John Ford o Houston.
Esta sencillez y austeridad es la que permite escenas tan intensas como la aparentemente intrascendente conversación entre Tim Robbins y Sean Penn en el porche de su casa, cuándo éste último sospecha que el primero ha matado a su hija (”Mystic River”), o la visita del veterano entrenador al hospital donde su aprendiz de púgil se debate entre la vida y la muerte (”Million Dollar Baby”). En ambas habla el silencio y comunican las miradas, conducidas por la pureza de un director que, a sus setenta y cinco años, parece que todavía tiene muchas cosas que contar.

¡Quién iba a decirnos que aquel pistolero desalmado se convertiría en el último clásico y en uno de los mejores directores del cine americano de nuestros tiempos!