Los hermanos Cohen:
autores made in U.S.A.

Los hermanos Coen acaban de ganar su primer Oscar a mejor dirección y película por “No es país para viejos” (”No Country for Old Men”, 2007), curiosamente en una de sus obras menos personales, dada la influencia del texto literario de Cormac McCarthy. El sello de estos dos hermanos siempre ha tenido que ver con un marcado humor negro, dentro de un contexto genuinamente americano, poblado por extraños y extravagantes personajes, como la entrañable sheriff de “Fargo”, (1996, interpretada por Frances McDormand, la mujer de Joel en la vida real) o el disparatado jugador de bolos de “El gran Lebowski” (“The Big Lebowski”, 1998), encarnado por el transformista John Turturro, sin duda uno de los actores fetiche de su cine. “No es país para viejos” liga con el estilo de los Coen porque se trata de un thriller rural que muestra la Norteámerica más profunda, algo que anteriormente habían realizado en “Arizona Baby” (1987), “Fargo” o en “O Brother, Where Art Thou?” (2000). También ese asesino parco en palabras, interpretado por Javier Bardem, coincide con el matón de “Fargo”, un arquetipo que se repite a lo largo de su filmografía, pero sin embargo, su última película resulta excesivamente oscura y deprimente. Los Coen siempre han lidiado con secuestros, crímenes y otras situaciones propias del thriller pero para llevarlas al terreno de la comedia paródica.

El paradigma de su cine posiblemente, sea la magistral “Fargo” por la que cosecharon su primer Oscar como guionistas, pero desde “Muerte entre las flores” (”Miller's Crossing”, 1990) un meticuloso homenaje al cine de gangsters que tanto les ha influido, hasta las más recientes “El hombre que nunca estuvo allí” (”The Man Who Wasn't There”, 2001), pasando por la destornillante “El gran Lebowski”, los Coen siempre han mostrado las señas de identidad de un estilo inconfundible, dotado de un ácido, corrosivo y judío sentido del humor. En el cine de los Coen, los personajes están por encima de la historia, y los diálogos –a diferencia de lo que suele suceder en el cine actual– resultan inteligentes. En su extensa filmografía, que arranca a mediados de los años ochenta, han podido verse los lugares más recónditos del mid west americano, el sur de Missouri o los desiertos de Arizona, dado que el lugar donde transcurre la acción es sumamente importante, asociándose intrínsecamente con los personajes, tal y como ejemplifica perfectamente “Barton Fink” (1991), una de sus obras más desconocidas e interesantes, que narra los terrores a la página en blanco de un escritor sumido en una crisis creativa mientras se hospeda en un hotel por el que transitan su terrores inconscientes. Lo mismo sucede con la ciudad de Los Angeles y la geografía californiana en la historia del Nota, ese hippie perfectamente encarnado por Jeff Bridges al que confunden con un tal Lebowski.

A partir de este sentido del estilo indiscutible, los Coen han mostrado una gran capacidad de análisis social, mezclando el cine de entretenimiento y de género con premisas autorales pero siempre renunciando a todo tipo de sofisticaciones intelectuales. La mayoría de sus films ha resultado rentables, de modo que finalmente han conseguido cierta independencia pese a trabajar dentro de la indústria de Hollywood. En ocasiones han tenido que rodar películas por encargo para satisfacer los deseos de los grandes magnates, como sucedió en la insulsa comedia romántica “Crueldad intolerable” (”Intolerable Cruelty”, 2003) , o la más divertida “The Ladykillers” (2004), pero en conjunto han sido muchas más las películas surgidas del universo particular de estos dos hermanos que ha sabido rodearse de una nómina de actores excepcionales que incluye a Steve Buscemi, John Turturro, John Goodman o Frances McDormand, y a los que últimamente se ha unido George Cloney.

En sus películas, los Coen han tocado practicamente todas las décadas del siglo XX, con una cierta predilección por los años veinte, treinta y cuarenta, mostrando mayor interés por los personajes marginales que por los grandes triunfadores, aunque otro de su films menos conocidos, “El gran salto” (”The Hudsucker Proxy”, 1994), muestre nada menos que a Paul Newman en la piel de un yuppie y tiburón de las finanzas en el entorno de Manhattan.

Los hermanos Coen funcionan como un tándem perfecto, en el que uno firma la dirección y el otro la producción, más por protocolo que otra cosa, ya que su cine está hecho a cuatro manos. A su alrededor, además de los actores comentados, pueden sumarse directores de fotografía tan importantes como Roger Deakins e incluso montadores inexistentes como Roderick Jaynes, el pseudónimo inventado por Joel y Ethan para no firmar ellos la edición de sus films, hecho que les podría acarrear problemas con el cerrado sistema gremial de la industria de Hollywood.

Pese a que su última película puede dejar helado a más de uno, el cine de los Coen tiende a despertar las neuronas del espectador, creando una profunda empatía con sus personajes, dentro de un contexto muy americano que se nos acaba haciendo famíliar, porque como suele suceder en los grandes narradores, poseen la virtud de la universalidad, sumada a ese don muy propio del cine de Lubitsch o Woddy Allen, que nos plantan ante un espejo que ofrece una visión ridícula de nosotros mismos, algo que aquí conocemos como los espejos deformados de Valle Inclán y su tradición esperpéntica, que en lo cinematográfico tan bien supieron plasmar el malogrado Rafael Azcona y el maestro Berlanga.

Antros de mala muerte, carreteras sin fin, estafadores de poca monta, desiertos, configuran el universo esperpéntico made in Usa de los Coen, dos cineastas que pueden ofrecer altas dosis de originalidad, sentido del humor, ritmo en los diálogos, personajes carismáticos, tanto simpáticos como inquietantes, y por encima de todo ello, una reflexión inteligente sobre el mundo en el que vivimos. Casi nada para un cine como el americano que necesita urgentemente de gente con talento, especialmente en la construcción de las historias y la narración, un arte que se está perdiendo en detrimento del reinado de los efectos especiales y el manierismo formal.

Sentarse a ver una película de los Coen equivale a reencontrarse con el mejor cine de antes, sin renunciar a las ventajas del presente. La combinación es producto de la inteligencia de esta pareja de autores que mezcla su incisivo punto de vista sobre la realidad con su amor por el cine de todos los tiempos.