Charles Chaplin:
El gran humanista

La figura de Charles Chaplin trasciende lo cinematográfico para alzarse como uno de los iconos de la cultura del siglo XX. La transformación de este cómico británico que aprendió de la calle, en el personaje de Charlot, allá en el año 1914, en uno de los primeros cortometrajes que realizó y que ahora puede verse en la excelente exposición de Caixaforum, supuso una de las cumbres del primer cine mudo, y la causa de que muchos espectadores de distintas generaciones se aficionaran al cine.

La sensibilidad y humanismo de ese frágil hombrecillo de bigote y bombín inglés ha conquistado el corazón de niños, adultos y ancianos a lo largo de los años, gracias a una ternura y humanismo del que nunca dejaremos de aprender.

Charles Chaplin nació en la miseria y siendo niño tuvo que ver como su madre enloquecia después de que su padre muriera de alcoholemia. En las calles de Londres, conoció la pobreza, la miseria y la soledad que aparecen en su alter ego cinematográfico. En compañía de su hermano Sydney tuvo que hacer todo tipo de trabajos hasta que en 1905, con tan sólo dieciseis años hizo su primer papel en el West End londinense, en una versión de las aventuras de Sherlock Holmes. Poco después, trabajó en otros musicales hasta que finalmente, entró en la industria del cine de la mano de Max Sennett, con quien llegó a rodar unos dos cortometrajes por semana. Así aprendió el oficio del cine, en el que Chaplin llegó a ejercer de actor, director, productor y músico a la vez, convirtiéndose en el más global de los cineastas que ha dado el séptimo arte.



A partir de los años veinte, después de sus primeros éxitos, Chaplin montó su propia productora con la que realizó el resto de su filmografía.

Sin duda durante el cine mudo Charlot fue el rey de la pantalla, gracias al don que le permitió hacer con su cuerpo lo que quiso, mientras mediante la inteligencia y el magnetismo de su rostro denunciaba injusticias sociales con una sonrisa. Charlot nunca se enfadó, en todo caso pudo derramar lágrimas por el sufrimiento de los demás.  Charles Chaplin fue un autor en el amplio sentido de la palabra, con un universo que partía del humanismo del personaje de Charlot, ese vagabundo enamoradizo que siempre se complicaba la vida, víctima de su ingenuidad o altruismo, para alcanzar finalmente la recompensa a sus buenos sentimientos.

El chico (1921) y especialmente La quimera del oro (1925) son las dos obras maestras más representativos de su primera época. En la primera, el personaje de Charlot desarrollado a lo largo de numerosos cortometrajes, se presentaba con todo su esplendor y ternura, regalando esa flor a su amada, que siempre lució en la solapa. En La quimera del oro, Chaplin desplegó todos sus recursos para construir algunos de los momentos más brillantes de su carrera. Creo que nadie que la haya visto puede olvidar el momento en el que Charlot acuciado por el hambre, aislado en una cabaña cubierta por la nieve, en compañía de un gigante, decide comerse su propio zapato, con la dignidad de quien está sentado ante el mejor plato posible. O ese otro momento en el que presa del hambre que conoció tan bien de niño, tiene una alucinación que le hace ver a su compañero como un pollo gigante, en una situación tan poética como surrealista.

Con la llegada del sonoro, Chaplin, como el resto de artistas del cine mudo, vio su carrera amenazada, pero siguió adelante con otras obras maestras como Tiempos Modernos (1936) o El gran dictador (1940) en las que no precisó de palabra para seguir conquistando el corazón de los espectadores. Sólo al final de El gran dictador, un film que rodó contra viento y marea debido a las hostilidades bélicas, se decidió a tomar la palabra para lanzar un elocuente discurso final en favor de la paz. Ante todo Chaplin fue un ser humano comprometido con su tiempo y sus ideas. Alguien que luchó por defender aquello creía, por evitar que la gente conociera el sufrimiento que él vivió en su infancia. Si en El gran dictador consiguió un momento mágico con la imagen del dictador jugando caprichosamente con el globo terráqueo, en Tiempos modernos elaboró uno de sus mejores gags cuando atrapa a su capataz en el engranaje de una máquina mientras él se come un bocadillo. En ambas, como en casi toda su filmografía, Chaplin denunciaba aspectos de nuestra sociedad como la explotación de los obreros en una fábrica. Este compromiso ideológico que subyace a la parte lúdica y entretenida de su cine es el que provocó su expulsión de Estados Unidos  a principios de los años cincuenta, cuando el país estaba sumido en una paranoica Caza de Brujas  contra el comunismo.


Posiblemente, el exilio en la tranquila ciudad suiza de Vevey, a orillas del lago Leman, le dieron al vitalista Chaplin la tranquilidad familiar que necesitaba, pero al mismo tiempo creó una sombra de pesimismo en su filmografía. Charlot desapareció y aunque Monsieur Verdoux (1947) o  Candilejas (1952) eran buenas películas ya no era lo mismo. De algún modo, la evolución del cine en aquellos años hicieron sentir a Chaplin que su tiempo había acabado y que era momento de dedicarse a los suyos.

El cine de Chaplin es un regalo para todo aquel que quiera congraciarse con la vida o para aquellos que como él, nunca han querido crecer. No hay mayor magia que la risa compartida de un nieto y un abuelo, contemplando las peripecias de Charlot, algo que sucede continuamente en la exposición que pronto finaliza y que recomendamos encarecidamente.

Charles Chaplin en su homenaje a los más desamparados y aquellos que como él tuvieron que aprender a sobrevivir en la miseria, no dejará nunca de recordarnos que lo más bonito de esta vida son las pequeñas cosas que anidan en el fondo de nuestro corazón. Esos sentimientos que su cine desplegó y que por fortuna, siguen conmoviendo casi cien años más tarde.

La humildad de Chaplin seguramente habría querido que le recordaramos no como un artista o un genio, sino simplemente como un gran hombre.