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Ingmar Bergman:
la luz del alma

La linterna mágica se ha apagado. Ingmar Bergman murió el treinta de julio de 2007, dejando un testamento fílmico que lo convierte en parte de la cultura del siglo XX. Su cine ha sabido penetrar en el alma humana como sólo antes Carl Theodor Dreyer había logrado. El cineasta sueco aprendió del ilustre cineasta danés y de maestros teatrales como August Strindberg o Henrik Visen, la capacidad de expresar las profundidades del ser humano mediante recursos del actor, la puesta en escena y la luz. Desde sus inicios con “Prisión” (1949), pasando por el periodo cumbre de “El séptimo sello” (1957), “Fresas salvajes” (1957) o “El manantial de la doncella” (1959), hasta llegar a “Fanny & Alexander” (1982) y a “Saraband” (2003), Bergman siempre trató con las emociones humanas, buscando detalles y gestos que nos conmueven. Su cine en muchas ocasiones es duro y tormentoso, azotado por el sentimiento de culpa, propio del marcado carácter religioso protestante, pero siempre resulta profundo y trascendente. Ello le convirtió, allá por los anos sesenta y setenta, en el rey de los cine-clubs. En aquellos tiempos, no había película de Bergman que no suscitara todo tipo de comentarios, desatando polémicas en su interpretación, y sirviendo a algunos para presumir de su intelectualidad.
Bergman, como Shakespeare, siempre abordó los grandes temas del ser humano, con un tono trágico y fatalista que en ocasiones llegaba a lo desgarrador como en la oscarizada “El manantial de la doncella” en el que un padre vengando a su hija es capaz de matar a un niño.
El sentimiento de culpa suele invadir a los personajes de Bergman, atormentados por la fatalidad de la vida y la ausencia de un Dios justo. El cineasta sueco fue hijo de un estricto pastor luterano que marcó toda su vida. Posiblemente, por ello Bergman buscó en su compañía teatral el calor de una familia que le acompañó a lo largo de su travesía vital.Max von Sydow, Bibi Anderson, Liv Ullman o Gunnar Björnstrand fueron algunos de los más destacados actores que vivieron y trabajaron con el cineasta y dramaturgo sueco. A ellos, al mundo del teatro y al arte de los juglares, Bergman dedicó algunos films como “Noche de circo” (1953), “Los comulgantes” (1962) o “El séptimo sello” (1957), sin duda su película más popular, que nos regala imágenes como el bello inicio en el que un joven templario reta a la muerte a una partida de ajedrez para salvar su vida. Esta imagen, que ya forma parte de la cultura popular, envuelve a los personajes con un paisaje salvaje, sobre una playa desierta cubierta por las nubes, azotadas por el viento del mar y el vuelo de un cuervo que presagia la muerte, en un blanco y negro que recuerda la mejor tradición de la pintura nórdica. Gunnar Fisher y Sven Nykvist son los dos directores de fotografía del cineasta sueco, sin los que su cine no hubiera podido ser el mismo, porque como sucede en Rembrandt, la luz es el espejo del alma. En este sentido el cénit fílmico llega con “Persona” (1966), una de sus obras maestras más incomprendidas por sus silencios y pausas, pero que con tan sólo la imagen y la labor de los actores es capaz de expresar lo inexpresable, aquello oculto en las profundidades de la mente y el alma. Bibi Andersson y Liv Ullman encarnan respectivamente a una actriz que enmudece por motivos desconocidos y a la enfermera que la cuida. Sin mediar lenguaje, sus almas se aproximan hasta fundirse en una sola, en un ejercicio de iluminación con claros, oscuros, transparencias y una gama de grises como pocas veces el cine ha conocido.

Así, el cine de Bergman no sólo es puesta en escena, actores y diálogos, sino también imagen en estado puro, aunque a veces la afinidad teatral le traiciona con palabras que expresan sentimientos de forma demasiado explícita. Ingmar Bergman fue un artista polifacético y culto, obsesionado por su mundo y generalmente ajeno a las circunstancias históricas de su tiempo.
En el terreno cinematográfico se manejaba muy bien trabajando con austeridad en la puesta en escena y la cámara, al servicio de historias íntimas, rodadas con pocos actores. Así mismo, Bergman fue ajeno a las modas estéticas, concentrado en un estilo propio, forjado en sus primeros años. Su lenguaje muchas veces deviene simbólico y a medida que pasan los años el cineasta se vuelve más críptico, con películas difíciles como “El rito” (1969) o “El silencio” (1963), film de una poesía visual desbordante sobre la incomunicación en una gran ciudad asfixiante en la que una joven Ingrid Thulin satisface su apetito sexual.
Este hermetismo e intelectualidad son los que posiblemente acabaron distanciando a Bergman del gran público, aunque al final “Fanny & Alexander” le sirviera para despedirse del cine con un film muy premiado y alabado.
Aunque la mayoría de títulos de su filmografía expresan tormento y oscuridad, con un tono muchas veces pesimista y nihilista, en sintonía con la ideas de Nietzche, la metafísica o la pérdida de la fe, también podemos encontrar films luminosos como “Un verano con Mónica”, en el que dos jóvenes amantes escapan de la represión de su entorno para vivir su amor a bordo de una embarcación. Harriet Andersson, su protagonista, al igual que Liv Ullmann y Bibi Andersson son mujeres modernas, sexualmente liberadas que aportan un halo de modernidad al tratamiento de la mujer, algo que Bergman compartió con Antonioni, también fallecido este año y al que dedicaremos el próximo artículo.
La mujer y su estudio introspectivo es otro de los grandes temas de Bergman, junto a la muerte, el paso del tiempo, las relaciones familiares o el amor. “Saraband” su último film, supone un homenaje al amor compartido a lo largo de una vida, en un re-encuentro con Liv Ullman, actriz-fetiche y una de las siete mujeres que esposó el vital cineasta sueco, capaz de rodar con ochenta años o tener ocho hijos a lo largo de su vida.
Liv Ullman decía en una conferencia sobre el oficio del actor en el que se debatía sobre el consabido problema de la industria europea por hallar un idioma común, que Bergman lo había encontrado : la imagen. El maestro sueco le había enseñado que es en el silencio cuando el alma habla, sólo entonces aparece la verdadera potencialidad del cine, que mediante la cámara puede aproximarse hasta el primer plano para captar un rostro, penetrando por cada uno de los poros de la piel hasta llegar a lo más profundo del actor, gracias a una luz casi siempre nítida y cristalina.
Este es el arte de uno de los personajes más importantes de la cultura del siglo XX cuando el cine hacía pensar, a veces incluso demasiado. A algunos les seguirá aburriendo, pero es indudable que Ingmar Bergman abrió mentes y caminos, recuperando lo mejor de la tradición teatral y pictórica para trasladarla al cine con historias sobre seres humanos preocupados por sobrevivir en un mundo difícil.
Ahora que la linterna mágica se ha apagado deberíamos, de vez en cuando, tratar de abrir una ventana para que su cinematógrafo nos ilumine.
