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Orson Welles:
el talento incomprendido

La carrera de Orson Welles es una de las tortuosas de la historia del cine, debido a una industria que jamás le comprendió y siempre envidió su talento desmesurado. Sólo así se explica que quien firmara “Citizen Kane” (1941), la que muchos consideran mejor película de la historia del cine, se viera desde ese momento relegado a un segundo plano y con dificultades para producir sus películas. El odio de William Randolph Hearst, magnate de la comunicación en aquellos tiempos, en el que se inspira la figura Kane y que trató de impedir su estreno, tuvo culpa de ello pero sólo en parte. Verdaderamente, el ostracismo al que fue relegado Welles se debió a las envidias de la industria de Hollywood y su reaccionaria moral. Después de triunfar en Broadway (Mercury Theatre) y en la radio, con su famosa versión de “La guerra de los mundos”, Orson Welles entró en la industria del cine con apenas veintisiete años y carta blanca de la RKO para hacer lo que quisiera. Dotado de un prodigioso sentido para la puesta en escena y la interpretación, incorporó en el cine muchos descubrimientos sonoros procedentes de la radio. Consciente de que en la técnica cinematográfica le quedaba mucho por aprender, rodó su primera película, “Ciudadano Kane”, con Gregg Toland, uno de los mejores directores de fotografía de su tiempo, que pudo trasladar el transgresor y poderoso sentido visual de este joven talento. Partiendo del expresionismo alemán, Welles llevó el claro-oscuro hasta límites nunca vistos, con personajes en completa penumbra. Una oscuridad que plasmaba la soledad y complejidad de unos personajes que reflejaban la personalidad de este maestro del cine, amante de las artes, de la obra de Shakespeare, la vida, la gastronomía y las mujeres. Orson era como Quinlan, ese policía corrupto de “Sed de mal” (“Touch of Evil”, 1958), de enorme barriga y humanidad, desmesurado y dotado de una vitalidad fuera de lo común. Si hubiera tenido un productor a su lado, habría rodado tantas películas como Woddy Allen y un buen puñado de obras maestras, pero el destino le apartó del cine, poco después de rodar su segunda película, “El cuarto mandamiento” (“The Magnificent Amberson’s”, 1942) que fue mutilada por sus productores, cambiando el final de una historia de amor prohibido. Al igual que Ciudadano Kane, resultó un fracaso en taquilla.
Welles, como es propio de los genios, se adelantó a su tiempo, tanto en ideas como en la forma. La caída de la institución familiar, la corrupción o la soledad del hombre moderno son algunos de sus temas, siempre teñidos de un opresivo pesimismo. En lo técnico, nadie llevó el plano secuencia al extremo que él lo hizo. Ahí queda el arranque de “Sed de mal”, como uno de los más planos más largos en la historia del cine, y lo que es más importante, uno de los mejor rodados.
La continuidad de la cámara en movimiento sirve para mostrarnos la ciudad fronteriza de Tijuana, donde va a transcurrir la acción, al tiempo que mantiene el suspense de una bomba que sabemos que va a estallar. Hablar de Welles es hablar de cine en mayúsculas y del ser humano desde el prisma trágico de la dramaturgia de Shakespeare. Su filmografía puede ser irregular por los avatares de la misma, pero supone el legado de un maestro que cambió el cine. La revolución vanguardista de “Ciudadano Kane” dio origen al cine contemporáneo, liberándolo de la teatralidad del primer sonoro, abriendo el montaje al múltiple punto de vista que obliga al espectador a recomponer y pensar la película. La fragmentación, tan usada en nuestros tiempos, ya estaba en esa película de 1941. Pero Welles no es sólo su primera película. “Sed de mal” es una obra maestra del cine negro, rodada con un pequeño prepuesto y su versión de “Othello” (1952) es un milagro cinematográfico dadas sus condiciones de rodaje. Welles tuvo que detener la filmación por falta de presupuesto. Volvió a ella ocho años después, como si fuera ayer, porque el maestro lo tenía todo en la cabeza.

Profesionales del medio que trabajaron con él, en filmes como la magistral “Campanadas a medianoche” (“Chimes at Midnight”, 1966) , rodada en el castillo de Cardona, dicen que la “bestia” Welles rodaba de día y montaba de noche, llegando a pasar semanas sin dormir. Mito o realidad, la verdad es que Orson Welles no parecía de este mundo y sus películas tienen algo de ello. No hay director o escuela de cine que no haya revisitado su obra, su capacidad para expresar en imágenes, los entresijos del ser humano, apoyándose en los registros del teatro. Algunas películas como “El cuarto mandamiento”, “El extraño” (“The Stranger”, 1946), “Mr. Arkadin” (1955) o “El proceso” (“The Trial”, 1962) resultan irregulares. Otras como “Macbeth” (1948) pueden resultar excesivamente teatrales, pero cuando Welles encontraba la medida justa proyectaba auténticas obras maestras del cine. “Ciudadano Kane”, “Sed de mal”, “Campanadas a medianoche” u “Othello” son algunas de ellas.
Seguramente, su cine no es para el gran público, a quien le puede resultar incómodo y en cierto sentido cargante, pero para el que se aproxima desde una perspectiva profesional o más técnica resulta arrebatador. La forma de sus obras es una fuente de inspiración constante para estos últimos. Welles aprendió cine viendo “La diligencia” (“The Stagecoach”, 1939) de John Ford treinta y tantas veces y tuvo claro que quería ser distinto a los demás. Por ello rodó con un objetivo, 18,5 mm, una lente angular con angulaciones nunca vistas. Puso la camara en el suelo, mostró los techos que en los decorados nunca veíamos y metió la cámara por tejados o ventanas. Su talento ha construido el lenguaje y la historia del cine. En lo vital fue un torbelllino, casado con mujeres tan bellas como Rita Hayword a la que hizo cortar su melena por venganza, para rodar “La dama de Shangai” (“Lady from Shanghai”, 1948) esa película de final inolvidable, con la mujer reflejada en múltiples espejos. Así era Welles, impulsivo, humano, irascible, divertido y con innumerables registros. Vivió gran parte de su vida en el exilio europeo, pasando mucho tiempo por España, tierra que adoraba por su folklore, y gastronomía. Mientras Hollywood le daba la espalda, festivales como Cannes o Venecia reconocían su calidad. Filmó documentales trascendentales y provocadores como “Fraude” (“F for Fake”, 1975), dejó obras inacabadas como “Don Quijote” (1955) o “The Other Side of the Wind” (1970) o proyectos como la versión cinematográfica de “El corazón de las tinieblas” de Joseph Conrad.
Actor, productor, dramaturgo, guionista, director, Welles hubiera precisado varias vidas para completar sus proyectos vitales y artísticos. Tantas como Harry Lime, aquel “Tercer Hombre” (“The Third Man”, 1949) oculto por las calles de Viena, que supuso una de sus interpretaciones más recordadas. Si la industria de Hollywood le hubiera comprendido, la humanidad podría contar con un legado cultural más amplio y equilibrado, pero éste parece el sino de los genios. El talento es muchas veces incomprendido.
Hoy, en el siglo XXI, Orson Welles es un clásico indiscutible de la historia del cine que se mantiene vivo gracias a la complejidad, capacidad técnica y deslumbrante sentido visual de su obra.
