Michelangelo Antonioni:
La poesía de la incomunicación

Al igual que Bergman, Michelangelo Antonioni representó el más puro cine de autor, con películas tan bellas como desesperadamente lentas. Para muchos puede ser un cine pasado de moda, pero su profundad analítica sobre unos personajes que merodean por los espacios racionales de la moderna y fría ciudad industrial, constituye una de las cimas del cine contemporáneo. La aportación de Antonioni fue mostrar los males de la alta burguesía occidental, sumida en una crisis de comunicación, producto de una sociedad materialista donde la fachada lo es todo. Formalmente, su cine apuesta por la renovación siendo una especie de neorrealismo interior, protagonizado por la clase alta, con unos personajes que se comportan como maniquíes inertes que se desplazan por una pasarela. Por todo ello, en muchas ocasiones se ha acusado a este cineasta de ser un mero formalista que busca ser trascendente, pero la verdad es que el cine de Antonioni puede ser cualquier cosa menos hueco o vacío de contenidos. Lo que sucede es que en su apuesta de renovación, el cineasta italiano optó por el olvido argumental, siendo sus films más importantes en las formas que definen a los personajes que en la trama.


La mujer es casi siempre la protagonista desencantada, que busca un aliento de libertad, amor o cualquier estímulo que la haga sentirse viva, más allá de los muros de acero, cristal y hormigón de la prisión conyugal. El cónyugue suele ser un hombre de empresa frío e impersonal, que ve a la mujer como un adorno más de su sofisticado habitat urbano. Aunque de otra parte, la filmografia de Antonioni presenta a otro tipo de hombre, normalmente encarnado por el gran Marcello Mastroianni, que sabe responder al estímulo de una mujer necesitada de aventura o de una compañía sensible que la saque del ostracismo y la incomunicación. En esencia, estas carácterísticas quedan perfectamente reflejadas en “La aventura” (1960), “La noche” (1961), y “El eclipse” (1962), la comunmente conocida como “trilogía de la incomunicación”.


“El eclipse” resulta magistral como muestra del personal estilo de este autor. El film arranca en silencio, con una mujer, la bella Monica Vitti, y su novio, Paco Rabal, sumidos en el silencio de una relación hastiada y consumida. A lo largo de los primeros seis o siete minutos, no hay ni una sola palabra, tan sólo gestos y miradas que no se encuentran, expresando perfectamente la crisis de la pareja. La mujer traza gestos de duda con sus pies y manos mientras se aproxima a las ventanas, tratando de encontrar la luz del exterior, más allá de las opacas cortinas. De pronto, toma la palabra y expresa su descontento, su deseo de huída que el hombre ni escucha, porque el sonido de la maquina de afeitar eléctrica se lo impide. Cuando la mujer sale a la calle, el marido suplica en la puerta, mientras ésta se pierde entre unas arquitecturas frías e inhumanas que se asemejan a una colonia espacial. De nuevo, el silencio es protagonista para potenciar el sentimiento interior de un personaje angustiado por un entorno que la oprime.

La arquitecura es el otro elemento fundamental del cine de Antonioni. Los espacios, tanto exteriores como interiores, siempre aparecen extremadamente cuidados, en la más sofisticada de las estéticas de la modernidad racionalista, queriendo ser el espejo del alma de sus aburguesados habitantes. Tal es el cuidado de las arquitecturas de Antonioni, que su cine ha tenido un tremendo impacto en el mundo del diseño de interiores. Así, a finales de los años sesenta eran muchos los bares, discotecas, tiendas o apartamentos que trataban de imitar la sofisticación de los espacios del maestro italiano. Unos espacios que por cierto, hubieran hecho enloquecer a otro gran cineasta como Jacques Tati, empeñado con su cine en mostrar en clave cómica el absurdo de estas arquitecturas racionales.

En “La noche”, todo el film transcurre en la fría arquitectura de una gran mansión a las afueras de Milán, donde se celebra una fiesta en la que la alta burguesía muestra sus miserias humanas. Los protagonistas son un matrimonio en descomposición, tras diez años de relación. Jeanne Moreau es la desengañada mujer que vé como su marido flirtea con Monica Vitti. Sin duda, el espacio es protagonista del encierro de unos personajes que se ven a través de los cristales y las estructuras de acero. Antonioni busca con su cámara potenciar el sentido de orden geométrico, a la vez que fragmenta el espacio con planos que juegan con la ilusión óptica, producto de reflejos sobre el cristal.

Otro buen ejemplo del estilo más característico de Antonioni lo encontramos en “El desierto rojo” (1964), una de sus películas más personales y negativas en su decadente visión de la sociedad industrial, que a diferencia de las anteriores está rodada en color. Las imágenes nos muestran una ciudad densa y gris, azotada por la contaminación, mientras la trama nos habla de la preocupación de una madre por el futuro de un hijo que parece condenado a sobrevivir en un mundo así. Esta mujer, casada con el director de una fábrica, vive una relación extraconyugal con un ingeniero industrial, Richard Harris, preocupado por temas medioambientales y muy humano a la hora de entender las ansias de libertad de la mujer. El film desemboca en una especie de realismo onírico, distanciado y extraño, muy característico de este cineasta, cuyas obras provocan incertidumbre en el espectador.

En el terreno de la interpretación, Antonioni se muestra austero en la dirección de actores, primando los gestos y la pasividad por delante de la palabra o los excesos. En muchas ocasiones, la incomunicación y las premisas minimalistas en la interpretación convierten a los personajes de Antonioni en una suerte de maniquíes inexpresivos que recuerdan el cine de Robert Bresson. Para muchos puede ser un defecto, pero en cualquier caso es algo que forma parte de las intenciones de este cineasta, que sin duda puede resultar indigesto, especialmente en los tiempos de prisa en los que vivimos, pero que observado con detenimiento, ha sabido como pocos plasmar los males de nuestra sociedad industrial. Ese vacío que llena muchas de las vidas de las clases bienestantes occidentales, abocadas al psicoanálisis y todo tipo de terapías para curar problemas de angustía, ansiedad o depresión, es el que Antonioni supo diagnosticar antes que cualquier otro cineasta.

Posiblemente, la aproximación más recomendable a la obra de Antonioni parte de films más asequibles como “Blow Up” (1966) o “Zabriskie Point” (1970), pero si de verdad uno quiere conocer la trascendencia de este cineasta, debe submergirse en su trilogía de la incomunicación o en films de primera época como “Las amigas” (1955) o “Crónica de un amor” (1950).

Antonioni protagonizó con Fellini o Visconti la edad de oro del cine italiano a principios de los sesenta, años en los que Cineccità se convirtió en el segundo centro de la producción cinematográfica mundial. Hollywood no tardó en vampirizar este cine, importando estrellas como Sofia Loren o Marcello Mastroianni, pero sin embargo no pudo transformar la filosofía de cine de Antonioni, un autor que ha ejercido gran impacto e influencia en cineastas posteriores, desde Jim Jarmush a Sofia Coppola.

En lo vítal, Antonioni tal vez no llegó tan lejos como Fellini, pero también fue un hombre activo, casado con múltiples mujeres, aunque posiblemente su musa fuera la gélida y frágil Monica Vitti. Su carrera cinematográfica empezó tarde, cuando ya tenía trenta y cinco años, después de haber ejercido de economista, pero se mantuvo hasta el fin de sus días. A sus noventa y dos años, postrado en una silla de ruedas, todavía tuvo el valor de rodar uno de los episodios de “Eros” (2004) en uno de los muchos homenajes que cineastas de nueva generación como Steven Soderbergh, Wim Wenders o Wong Kar-Wai quisieron tributarle.

Como tantos de los grandes maestros, Antonioni amaba el cine y el arte. Su legado es el de un cineasta que abrió los caminos de la modernidad, inmersa desde entonces en la poesía de la incomunicación.