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Pedro Almodóvar:
el rey del pop

Sin duda Pedro Almodóvar es el más internacional de nuestros directores desde los tiempos de Luis Buñuel. Como le sucediera al maestro aragonés, este manchego nacido en Calzada de Calatrava ha sido repudiado en su tierra y reconocido en el extranjero. Seguramente es el precio de la modernidad y la rebeldía que durante años chocó con el carácter rancio de la academia del cine español, que prefería a directores como José Luis Garci. Afortunadamente, el tiempo pone las cosas en su sitio y pese que algunos críticos sigan todavía perdonando la vida, dos Oscars y cientos de premios le avalan. El talento de Pedro aúna el don para la escritura, el estilismo visual de ese pop extremado o kitsch que tanto le caracteriza y, sobretodo, la capacidad para observar la vida.
Almodóvar convierte historias locales, herederas del esperpento de Azcona y Berlanga (”Bienvenido Mr. Marshall”, 1952; “El verdugo”, 1963), en obras universales, gracias al dominio de la dramaturgia clásica. Las influencias se basan en la pasión del manchego por el cine de Douglas Sirk o Billy Wilder, de quienes extrae la habilidad para tejer un guión de forma precisa y sin que quede un cabo suelto. En el tono transgresor y el sentido pop, el manchego le debe mucho a John Waters, maestro americano del cine indepediente de los setenta, creador del travesti Divine y films tan “repugnantes” como “Pink Flamingos” (1972). Pero referencias al margen, el cine de Almódovar es un mundo propio, un planeta poblado por mujeres al borde de un ataque de nervios, abuelas entrañables y todo tipo de personajes extravagantes, muchos de ellos surgidos de la movida madrileña, donde Almodóvar se forjó como artista bajo su alter ego Patty Diphusa, un travesti glam en versión hispana que cantaba de noche y trabajaba en la telefónica de día. La escuela de Almodóvar fue la vida, la calle más marginal y las criaturas de la noche. Como miembro de la generación que vivió la transición, el sentido de su cine ha mantenido las constantes libertinas y libertarias. Sus temas predilectos han sido la mujer, las pasiones, la libertad sexual, mostrada de forma explícita, el lesbianismo, la homosexualidad y también la crudeza del mundo de la droga que tanto daño hizo a la movida. Toda película de Almodóvar, salvo raras excepciones, mantiene su compromiso temático, su sentido de denuncia y esa defensa a ultranza de la mujer. Primero, Carmen Maura; luego, Victoria Abril o Marisa Paredes, y últimamente, Penélope Cruz han encarnado a las mujeres de Pedro, siempre atrevidas, valientes, femeninas y seductoras, dispuestas a luchar contra el machismo y las ataduras sociales. En su cine crecieron actores como Antonio Banderas, pieza clave en “Laberinto de pasiones” (1980) o en “Átame (1990) o Javier Bardem (”Carne Trémula”, 1997). Entre sus colaboradores es fundamental su hermano Agustín, que dirige la productora El Deseo, llevando toda la parte empresarial y de distribución para que Pedro pueda trabajar en lo creativo.

Su filmografía puede dividirse en etapas claramente diferenciadas.
Los inicios son los años de la comedia desmadrada y el esperpento más transgresor. “Pepi, Lucy, Boom y otras chicas del montón” (1980) su primera película, es la historia de la movida madrileña contada casi en tono documental. “Entre tinieblas” (1983) narra la historia de una prostituta que se oculta en el convento de las redentoras humilladas, que desemboca en una orgía de sexo y droga.
Posiblemente, “Laberinto de pasiones” (1982) fue su primera película de factura impecable y exportable, sin renunciar a sus premisas transgresoras en cuanto a historia y personajes. “¿Qué he hecho yo para merecer esto?” (1984) es con toda seguridad uno de sus films más divertidos y emblemáticos de esta primera época. En ella Carmen Maura ejerce de esclavizada ama de casa, casada con un taxista al que acaba matando para poder sobrevivir, mientras sus hijos aprenden de la vida del extrarradio de Madrid en compañía de una abuela de pueblo, inspirada en la madre del director, interpretada por la impagable Chus Lampreave. Este periodo se cierra con “Mujeres al borde de un ataque de nervios” (1988), la película que convirtió a Almodóvar en autor de culto en el mundo, especialmente en Francia y el entorno de Nueva York. Fue su primera nominación al Oscar y la consagración de un estilo. El desamor de Pepa (Carmen Maura) sirve para concentrar en un ático madrileño lleno de plantas, color y gazpacho a una galería de personajes extravagantes interpretados por Maria Barranco (la loca liada con un terrorista chiita) o Rosy de Palma (arquetipo de mujer recia y dominante que desplegará numerosos matices en distintos films de Almodóvar).
Después de “Atáme” (1990) una torrencial historia de amor en la que Antonio Banderas secuestra y ata a una cama a su oscuro objeto del deseo (Verónica Abril), viene un periodo de manierismo, repetición y cierta crisis creativa con “Tacones lejanos” (1991) y “Kika” (1993).
A partir de ahí empieza una nueva etapa en la que Almodóvar vira hacia el melodrama próximo a Corín Tellado, con personajes más maduros encarnados por Marisa Paredes. “La flor de mi secreto” (1995) y “Todo sobre mi madre” (1999), son buenos ejemplos de este cine más trágico y oscuro que conduce a la tercera etapa de pleno reconocimiento en la que Almódovar mezcla las componentes de sus periodos anteriores. Con “Todo sobre mi madre”, Almódovar ganó finalmente el Oscar a mejor película extranjera y poco después con “Hable con ella” (2002) ganó en la categoría de mejor guión. En este periodo de madurez, Almodóvar ha sabido combinar la comedia con el melodrama, la explosión pop de color con la oscuridad de atmósferas más íntimas y reflexivas, sin perder esa capacidad por indagar en los sentimientos humanos, a partir de situaciones autobiográficas, como la muerte de su madre o los recuerdos de su infancia.
Ultimamente, parece que Almodóvar está buscando su camino, después de la seria y bastante fallida “La mala educación” (2004) y “Volver” (2006), que parecía volver a los orígenes y sirvió para que Penélope Cruz ganara su Oscar. La recientemente estrenada “Los abrazos rotos” (2009) tiene mucho de aquel primer Almodóvar con un arranque casi surrealista para evolucionar hacia una suerte de melodrama de misterio, en el que lo mejor es el homenaje a “Mujeres al borde de un ataque de nervios”, el film que le consagró y que seguramente, cambió el rumbo del cine español.
Harvard acaba de nombrar Doctor Honoris Causa a este artista autodidacta que tanto nos ha enseñado de la vida y de las pasiones humanas. Su cine nos ha hecho llorar y reír, deslumbrándonos con ese talento visual que podría servir para aprender de interiorismo y la iconografía pop en las más excelsas universidades. El cine español vive ciclos, con cine-astas que suben y bajan, pero Almodóvar siempre está ahí como un faro que ilumina a las nuevas generaciones con el sueño de que hacer cine en España es posible, conquistando a públicos muy variopintos, sin importar lo que opine la crítica. Esa es la grandeza del pop. Así es el cine de Almodóvar: fresco, divertido y sin pretensiones. Una golosina visual llena de sorpresas e inteligencia, que le convierten en rey del pop.
